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martes, 18 de agosto de 2009

¿Impunidad para soldados Norteamericanos?



¿Impunidad para soldados Norteamericanos?
(Vanessa Morris. Fuente: http://elturbion.modep.org/drupal/?q=node/1204)

Cuando la señora Olga Castillo Campos confrontó a los dos soldados estadounidenses que servían en el marco del Plan Colombia y que drogaron, acosaron y violaron a su hija de 12 años, la respuesta de éstos fue: “sí, la violamos, ¿y que?, estamos en Colombia, la ley no nos afecta”.

Cuando la señora Olga Castillo Campos confrontó a los dos soldados estadounidenses que servían en el marco del Plan Colombia y que drogaron, acosaron y violaron a su hija de 12 años, la respuesta de éstos fue: “sí, la violamos, ¿y que?, estamos en Colombia, la ley no nos afecta”. Ellos demostraron estar en lo correcto.

En la noche del sábado 26 de agosto de 2007, luego de usar el baño en un restaurante, la hija de 12 años de la señora Castillo fue forzada por dos hombres, identificados como Michel J. Coen y César Ruiz, a beber un líquido amarillo que la incapacitó dentro del establecimiento. Los dos hombres la llevaron a sus barracas, ubicadas en la base de la Fuerza Aérea de Tolemaida, lugar en el que la violaron, para luego arrojarla en un parque la mañana siguiente.

Justicia local



Desde entonces, la señora Olga Castillo Campos se embarcó en la búsqueda de justicia en el caso de su hija, denunciando este triple crimen de intoxicación, secuestro y violación a una menor ante la Fuerza Aérea, el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia. Todo fue en vano.

De forma irónica, en vez de ser ayudadas, a las victimas se les ha causado más sufrimiento. El Estado las ha hecho pasar de un órgano oficial al siguiente, han sido amenazadas y tanto sus pedidos de protección como de reubicación han sido rechazados por la Policía.

A nivel internacional, se han convertido en presa de la coerción que se ejerce desde la embajada estadounidense. El 25 de septiembre de 2008, un investigador de los Estados Unidos identificado como Jhon Ramírez contactó a la señora Castillo Campos. De manera infructuosa, el investigador intentó sobornarla con una suma de dinero y presionarla a que firmara un documento incomprensible para ella, al estar escrito en inglés. Sin embargo, su inquebrantable afán de justicia frustró los intentos del funcionario estadounidense.

Más casos de abuso



El caso de la señora Castillo no es el único incidente: encaja en un patrón de crímenes cometidos por soldados estadounidenses que prestan sus servicios en el Plan Colombia. En 2006 fueron reportados 23 casos de abusos sexuales cometidos por soldados estadounidenses en servicio y 14 más en 2007. Además, en 2004, soldados y técnicos provenientes de EE.UU. produjeron videos pornográficos de adolescentes colombianas que fueron vendidos por $10,000 pesos cada uno. Por otra parte, en 2005, militares estadounidenses fueron sorprendidos vendiendo munición a las FARC y, en el mismo año, se sorprendió a otro grupo de militares vendiendo munición a grupos paramilitares.

Tratado de inmunidad



Los Estados Unidos tienen privilegios por ser un Estado hegemónico y sacan ventaja por ello. De esta manera, condicionan promesas de ayuda militar y de recursos con cláusulas especiales. Así, el Estado colombiano firmó el Acuerdo de Misiones Militares en 1975, garantizando inmunidad para el personal militar estadounidense y para los contratistas que operen en suelo colombiano a cambio de la ayuda militar y financiera. La señora Castillo Campos no tiene nada que ver con este acuerdo, por ello, de forma incesante, busca justicia en Bogotá, mientras sus hijas son cuidadas por sus familiares.

Justicia Internacional



La manera de justificar que los militares no sean procesados en Colombia es que éstos lo serían en el sistema judicial estadounidense.

Aunque se asuma que los militares y contratistas sean juzgados en los Estados Unidos, hay un impacto negativo en las victimas colombianas. El procesar un crimen en jurisdicción rextranjera no responde a las demandas físicas y emocionales de las víctimas, ya que éstas no tienen la oportunidad de estar presentes en la corte y declarar para así ser oídas, lo que sirve para validar su testimonio. Michael Coen, uno de los perpretadores del crimen contra la familia Campos fue retirado de Colombia. Quizás se hizo justicia, tal vez no, pero la importancia que tienen las victimas se demuestra por el hecho de que ella no fue informada.

Procesos legales en el exterior deslegitiman la autoridad del sistema judicial colombiano. En 2005, el Procurador General de la Nación, Edgardo Maya, condenó el tratado diplomático como inconstitucional y, de manera infructuosa, solicitó al Congreso una revisión del mismo. Respuesta que se entiende desde la declaración del ex senador colombiano Jimmy Chamorro: “obviamente creemos que el tratado debe ser revisado, pero la realidad política es que no va a pasar, sería desastroso para la ‘política de seguridad democrática’ de Uribe”.

¿Por qué debe asumirse que los soldados estadounidenses son objeto de justicia en su propio país cuando hay razones para ser escépticos? En 2000, el ex comandante del ejército de los Estados Unidos en la lucha contra las drogas, James Hiett, fue irónicamente ligado a un caso de tráfico de drogas, pero fue encontrado inocente de cualquier cargo por los investigadores militares de su país. Además, por la muerte de dos soldados colombianos, el gobierno de los EE.UU. realizó una investigación, sin colaboración de los cuerpos investigativos nacionales, y concluyó que no había evidencia que involucrara al sargento norteamericano implicado en el arrollamiento de los dos ciudadanos colombianos que prestaban servicio militar.

Si no se aplica justicia sobre los soldados estadounidenses que se presume han cometido violaciones de derechos humanos, se transmite el mensaje de que tienen la libertad de hacer lo que les plazca. Esto puede explicar por qué Michel J. Coen y César Ruiz respondieron de esa manera a la señora Campos Castillo, cuando los acusó de violar a su hija.

Compromiso de los derechos humanos del Plan Colombia



De forma hipócrita, la política internacional y, particularmente, la del Plan Colombia se supone se dedican a proteger los derechos humanos. De acuerdo al Acta de Asistencia a Paises Extranjeros “los programas de asistencia internacional de los Estados Unidos deben ser manejados de tal manera que se promueva y se avance en derechos humanos, evitando la identificación de los Estados Unidos con gobiernos que niegan a su gente libertades fundamentales y derechos humanos reconocidos internacionalmente”. De igual manera, la llamada ‘Enmienda Leary’ en el Plan Colombia establece que ninguna unidad podrá recibir fondos de EEUU si es encontrada culpable de violaciones de derechos humanos , al igual que el Acta de Asistencia a Países Extranjeros, de 1961, y la de operaciones en el extranjero, de 2001.

La sinceridad del compromiso de Estados Unidos con los derechos humanos es cuestionable. El presidente de los EE.UU. tiene el poder de pasar por encima de los tratados de derechos humanos y continuar con el Plan Colombia, aunque las condiciones en esta materia no sean cumplidas. Clinton y Bush lo han hecho, argumentando sus decisiones desde “los intereses de la seguridad nacional” y sosteniendo que las limitaciones en derechos humanos ponen en riego la efectividad del Plan Colombia.

¿Es posible la justicia?


Las violaciones de derechos humanos en Colombia son ahora más claras: los falsos positivos, la purga interna en el estamento militar y las denuncias del director de Human Rights Watch para las Américas, José Miguel Vivanco, que señalan que en Colombia el año pasado hubo más violaciones a los derechos humanos que en la dictadura de Pinochet. El nuevo presidente estadounidense, Barak Obama, ha demostrado hasta el momento tener más compromiso con el respeto por los derechos humanos al cuestionar el futuro del Plan Colombia y del Tratado de Libre Comercio (TLC), por razones que incluyen estos crímenes. Éste es, entonces, el momento para llamar la atención sobre casos como el de la familia Castillo Campos, con el objeto de buscar que se haga justicia en territorio nacional.

lunes, 10 de agosto de 2009

EEUU acelera la fase militar del Plan Colombia

Notas dispersas para un debate anti imperialista.


Informes indican que antes de fin de mes, EEUU firmará con el gobierno colombiano en Bogotá un acuerdo mediante el cual se distribuirán tropas norteamericanas en, por lo menos, siete bases del país andino. El ministro de Defensa, el general Freddy Padilla anunció que el acuerdo tendrá una duración inicial de 10 años. La principal instalación militar es Palanquero, apenas a 100 kilómetros de Bogotá, a orillas del río Magdalena. Las tropas norteamericanas también operarán desde la base de Apiay en los llanos orientales de Colombia así como en Barranquilla, en la base Alberto Puowels, en la costa del Caribe.

El acuerdo militar entre los dos países incluye un incremento de visitas de naves de guerra norteamericanas a los puertos de Málaga, en el Pacífico, y Cartagena, en el Caribe. Los voceros militares colombianos señalan que los nuevos arreglos le permitirá a EEUU reemplazar la base que opera en Manta, instalada en el norte de Ecuador. Washington tiene un total de 220 efectivos que hacían 8 vuelos diarios. Manta ha servido para identificar barcos y aviones sobre el espacio aéreo de Colombia y otros países de la región.

El acuerdo que permitirá a EEUU ocupar a Colombia por diez años, también extendería el pacto actual para incrementar la presencia de hasta 1400 soldados y contratistas militares estadounidenses en territorio colombiano.


La base de Palanquero se abrió a operaciones norteamericanas en abril de 2008. En 1998 un helicóptero que operaba desde Palanquero bombardeó a una comunidad al norte de Bogotá matando a 17 personas. El incidente fue encubierto hasta que los grupos de defensa de los derechos humanos obligaron al gobierno de Bogotá a admitir la responsabilidad de las Fuerzas Armadas colombianas en la masacre.

En la capital norteamericana, el Congreso está a punto de aprobar una partida para invertir 46 millones de dólares en la ampliación de Palanquero. En la actualidad, Palanquero cuenta con una pista aérea de 3500 metros de longitud, dos hangares y aloja la división más importante de la Fuerza Aérea colombiana.



La embajada de EEUU en Bogotá se niega a hacer declaraciones. El embajador William Brownfield señaló hace poco que EEUU no invertiría en la construcción de nuevas bases. Al contrario, dijo, su país sólo hará uso y modernizará las instalaciones ya existentes en Colombia. Brownfield era embajador de EEUU en Venezuela en 2002 cuando la conspiración para derrocar al presidente Hugo Chávez fracasó. Washington no negó su participación en ese golpe frustrado por el pueblo venezolano.

Colombia actualmente es el país más comprometido con las políticas norteamericanas de “contención” en América del Sur. Sus vecinos inmediatos, Venezuela y Ecuador, han sido objeto de constantes provocaciones tanto por Bogotá como por Washington. El incremento significativo de militares norteamericanos en Colombia creará aún más tensiones entre los países de la región con Bogotá. Según declaraciones de un militar colombiano a una agencia de noticias de EEUU, el Pentágono (Departamento de Defensa) pretende convertir a Colombia en un hub (“centro de operaciones”) para sus operaciones militares. Quienes se oponen en el Congreso de EEUU a la ampliación de la presencia de su país en Colombia están preocupados por los efectos que tendrá esta política intervensionista en la región. Además, a EEUU no le conviene, dicen, comprometerse más en los conflictos internos de Colombia.

El escenario colombiano se asemeja mucho al Vietnam de hace 40 años cuando EEUU desplegó tropas en ese país para luego atacar a los países vecinos de Indochina (Laos y Camboya). En este caso, EEUU podría estar pensando en Venezuela y Ecuador, de paso repetir una invasión-castigo a Panamá.

A pesar del hermetismo, el documento oficial del Pentágono, “Estrategia hacia una ruta global” ofrece algunas pistas sobre las intenciones de EEUU. El documento fue presentado en abril de 2009 en la base aérea de Maxwell, en Alabama, EEUU. El documento señala que Palanquero puede servir como una “base para la seguridad cooperativa” desde donde se podrían “ejecutar operaciones móviles”. En otras palabras, se convertiría en una plataforma para realizar operaciones militares en la región. Según el mismo documento, “la mitad del continente puede ser cubierto desde Palanquero por un transporte militar C-17 sin tener que reabastecerse”.


Tanto el senador opositor colombiano, Gustavo Petro, quien calificó este plan como “una violación de la soberanía”, como el candidato a la Presidencia, Rafael Pardo, se oponen a los planes de Bogotá y Washington. Pardo, que está en campaña para las elecciones de 2010, se queja del secretismo y la naturaleza provocativa de una presencia militar de EEUU en Colombia. Según Petro, “lo que busca el acuerdo es tener tropas norteamericanas en Colombia. Un país soberano debe respetarse por el hecho de que sólo las tropas colombianas son las que tienen derecho a estar en Colombia”.

El canciller colombiano, Jaime Bermúdez, quien viajo a Washington para defender el proyecto en una Comisión del Senado de ese país, aseguró que las operaciones militares de EEUU no penetrarían el territorio de otros países sin el permiso correspondiente. “Se trata de un acuerdo entre Bogotá y Washington que cubre sólo territorio colombiano”. El presidente colombiano, Alvaro Uribe, ha declarado muchas veces que sus tropas cruzarían todas fronteras para defender su país. Así lo han hecho en múltiples ocasiones en Venezuela, Ecuador y Panamá. Las declaraciones de Bermúdez parecen no coincidir con la historia reciente de agresiones colombianas en los países vecinos.

En la actualidad, EEUU mantiene alrededor de 600 efectivos y contratistas militares en Colombia. Los “asesores” norteamericanos están incrustados en las divisiones del Ejército colombiano, tienen sus propias oficinas y han entrenado a miles de oficiales desde 2000.


(- Marco A. Gandásegui, hijo, es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) Justo Arosemena. http://marcoagandasegui.blogspot.com)

martes, 21 de julio de 2009

El cuento viejo de las nuevas bases militares estadounidenses en Colombia



El cuento viejo de las nuevas bases militares estadounidenses en Colombia

Juan Alberto Sánchez Marín. Alai-amlatina (Extraído de Rebelión)

Las nuevas instalaciones, según lo reveló la revista colombiana Cambio, son las cinco principales bases de la Fuerza Aérea y la Armada en el país: Apiay, Malambo, Palanquero, Cartagena y Bahía de Málaga. Las bases harían parte de la nueva “arquitectura del teatro”, como ha llamado el Comando Sur a la extensa red de facilidades y funciones militares en América Latina y el Caribe.

Dice la Wikipedia, enciclopedia libre de la red, que le dio en la cabeza a un Artrópodo como Microsoft y le sacó de circulación su Encarta, que “una base militar es una instalación que es propiedad directa y operada por y/o para el ejército o una de sus ramas. En su mayoría acogen material y personal militar, así como instalaciones para entrenamiento y operaciones”.

Dice el gobierno colombiano, que ni es libre ni mucho menos tiene apuntes enciclopédicos, sobre las bases militares gringas, que de labios para afuera se instalarán pronto en el país y que corazón adentro ya están operando hace años y a sus anchas, dice que estas serán más bien centros de intercambio, formación, cooperación, en fin, cosas amables y beneficiosas que lo extraño es que no hayan sido reconocidas antes y que un gobierno abiertamente sagaz haya tardado dos mandatos para acogerlas en su seno.

Pero la realidad, ay, es otra y bien distinta. Si a la enciclopedia no se le puede creer todo, ni siquiera mucho, a la verborrea subrepticia y culebrera del gobierno hay que creerle menos, o, mejor aún, nada. Por supuesto, la Wikipedia está en lo cierto. Y, también por supuesto, el gobierno no está errado ni es engañado: sólo nos mete los dedos a la boca.

Palabras, palabras

William Brownfield, el embajador de los Estados Unidos, un tejano de pura cepa, que exuda por cada poro la misma patética moral de su anterior jefe, George, a la que se afilia a pasos agigantados el actual, Barak, porque nunca ha tenido otra, dijo hace pocos meses que "Colombia y Estados Unidos estamos colaborando en los esfuerzos contra la droga ilícita, en los esfuerzos contra la delincuencia internacional”. Y, claro, “parte de esa colaboración, sin duda ninguna, requiere acceso a instalaciones entre los dos países y requiere un ajuste".

Ya quisiera yo ver, en medio de tanta reciprocidad, a algún militar colombiano en territorio estadounidense, abriendo la boca para algo más que bostezar. Así fuera en cualquier cenáculo de cortapalos y así fuera para pedir que lo manden de sapo al frente afgano o al iraquí, o a los altos del Golám, “a morir por mis amigos”.

Ahora Brownfield, el pequeño guerrero, egresado del National War College (NWC), una especie de lobanillo en la National Defense University, quien de paso también fue asesor político, entre 1989 y 1990, del Comandante en Jefe del U.S. Southern Command, Comando Sur, en Panamá, insiste en que las bases en Colombia no serán bases, y en todo caso y si por algún azar lo fueran tampoco serán como la Eloy Alfaro de Manta. Así que parece que el desmantelamiento de la base aérea ecuatoriana en los mismos días en los que se anuncia que lo que sea que se monte “para entrenamiento y operaciones” en el país, es mera coincidencia.

Y sostiene el embajador, con un acento de western y un tartamudeo calculados, que lo hacen parecer cándido cuando en verdad es insolente a más no poder, que se trata de una colaboración en la que a los Estados Unidos no sólo van a servirles las bases aéreas, sino también las navales. Que todas les son necesarias a su país para tanquear aviones y barcos, helicópteros y lanchas, en fin.

La misma pavada que ya canturreaba hace meses nuestro actual ministro de Defensa encargado, Freddy Padilla, cuando afirmaba que “una de las funciones que podría asumir Colombia, tras la salida de Estados Unidos de Manta, podría consistir en prestar instalaciones militares para que los aviones americanos se puedan reabastecer y recibir mantenimiento técnico, para evitar que tengan que viajar hasta su país y recibir la misma ayuda que se le puede brindar en Colombia”.

La única diferencia es que nuestro general hablaba de los hechos como dudosos, posibles, quizás deseables, es decir, con los verbos en un modo subjuntivo y en un tiempo digamos que imperfecto, en tanto que el embajador, dando la cara con la impunidad que le otorga ser quien es, en emisión de noticias de televisión del 18 de julio de 2009, lo refería como un hecho no sólo cotidiano, ya en ejercicio, sino como una práctica vieja, sin importancia de lo acostumbrada, o sea, soltando revelaciones en un pretérito perfecto simple del indicativo.

Un tris de memoria

Es una vieja historia la de las bases militares. Los romanos dejaban legiones enteras en las distintas rutas de sus avanzadas coloniales. Esas bases eran la manera obvia de garantizar la sujeción de los territorios conquistados y ocupados. Muy al oriente, unos siglos atrás, Gengis Khan había hecho lo mismo, para hacer posible la cohesión de las miles de tribus que conformaban la colcha de retazos de su imperio. Y España, en su momento, cuando la conquista, atiborró de bases la geografía del Nuevo Mundo. Los hijos de Cristóbal Colón, Diego y Fernando, fueron expertos en el tema. Asesores perfectos aún sin Pentágono. Y España las mantuvo y reforzó durante la colonia, no solo para cuidar las entrañas, sino para defenderse de las bases móviles inglesas y francesas, pioneros como se sabe en las ardides usurpadoras de nuestros tiempos.

Las bases militares son algo consustancial a los afanes imperiales. Ellas permiten mantener bajo control a los pueblos sometidos, sofocar voces y fuegos contrariados, mantener a buen recaudo las riquezas conquistadas, y actuar pronto y a discreción contra cualquier ruido en el sistema.

Estados Unidos, el imperio que en desventura nos tocó, ha echado mano de la estratagema desde que es imperio. No le han bastado las incesantes invasiones. En realidad, esas son sólo la fase inicial del cuento. La invasión, el acuerdo, la concesión, por la guerra o por la paz, por presiones, chantaje o voluntad interesada y entreguista de las élites ungidas con el poder local, abren la puerta. Las bases garantizan al gringo adentro.


El Canal de Panamá, desde su inauguración, hasta la entrada en vigencia de los tratados Torrijos – Carter, fue una base militar con canal. Después de eso, no se sabe a ciencia cierta lo que es, pero sí claramente que Panamá érase que se es un pequeño país a un canal pegado. Y la plataforma ahí, más trancada, menos visible, por la que vuelan y revuelan los mismos de antes, aunque ahora el cuartel central del Comando atienda en Miami.

Los Estados Unidos convalidaron internacionalmente el régimen franquista, que tantos devaneos tuvo con la Alemania nazi y la Italia fascista, a punta de bases militares, por la gracia de un tratado oscuro y oculto que todavía no se devela por entero y que facultaba a los Estados Unidos para operarlas con total impunidad. Una aquiescencia costosa, que el país ibérico, ya sin Paco y más de cincuenta años después, sigue pagando por cuotas y a punta de bases estadounidenses autónomas, en un país al que tanto le seducen las autonomías.

Pero no se trata sólo de España. Toda Europa fue minada de bases militares por los Estados Unidos y la OTAN, desde la guerra fría, con el pretexto de hacerle frente a una supuesta e inminente agresión de la Unión Soviética, la cual, claro está, nunca llegó, pero que dejó un cinturón de bases de norte a sur y de este a oeste, la mayor parte de las cuales continúa operativa.

Ratones cuidando el queso

América Latina, desde el punto de vista geopolítico, significa para los Estados Unidos exactamente el papel que sus gobiernos le han endilgado con desprecio, desde Harry Truman para acá: el de patio trasero, en el que están los recursos, las reservas, la despensa.

Las bases estadounidense, también por esas casualidades que ya notamos, rodean la Amazonía, pacen junto al Acuífero Guaraní, florecen en las rutas comerciales más importantes, engordan en los lugares estratégicos y acechan como águilas a los gobiernos que no son amigos, que les producen malestar o que causan inestabilidad para sus propósitos, que son todos los de la región, con excepción de Felipe Calderón, en México, Alan García, en Perú, y, quién lo duda, Álvaro Uribe, en Colombia, y no más de 2 o 3 lacayos vergonzantes, en un mapa que suma 36 países.

Algunas de estas bases no tienen límites al número del personal de los Estados Unidos en ellas; le ofrecen acceso a puertos, espacio aéreo e instalaciones de los gobiernos no especificadas consideradas pertinentes; siempre buscan enraizarse, apropiarse, perpetuarse y expandirse en los lugares en los que se instalan; no son transparentes ni están sujetas a fiscalización, y muchas no son cobijadas por las leyes del país en el que están, ni siquiera por las de los propios Estados Unidos o por las leyes internacionales. Todas son un atentado flagrante a la soberanía del país anfitrión, burlando constituciones y llevando a cabo toda clase de funciones soterradas, a parte de las netamente militares, en los terrenos ideológicos, políticos y económicos.

Las gracias de una desgracia

En Colombia, las bases militares estadounidenses siempre han cumplido una función clara, que muy poco tiene que ver con la tergiversación oficial de su cometido, relacionada con pretextos que desmontan las propias cifras de una ojeada.

El combate al narcotráfico es una falacia de la que da cuenta cada informe de Naciones Unidas. El antiguo Plan Colombia, luego Plan Patriota, ahora modelo de la Iniciativa Mérida que se implementa en México, es digno de capítulo aparte. Los mentados logros al respecto devienen de unas magnitudes que se volvieron directamente proporcionales: a mayor inversión, aumento de las fumigaciones con glifosato e incremento de la guerra, el desplazamiento y la persecución, pues más tierras cultivadas con coca y amapola, más “mulas” portando droga en los vientres y más narices enyesadas en las calles de los propios Estados Unidos y Europa.

La militarización constituye el armazón primario sobre el que se monta el proceso de colonización de los Estados Unidos en la región, que se complementa con el andamiaje el económico.

Las bases de Tres Esquinas y Larandia, en el departamento de Caquetá, y de Villavicencio, en el departamento del Meta, que operan con la presencia de aviones y la inteligencia técnica del Pentágono, llevan tiempo apoyando el combate a los grupos subversivos, vigilando las fronteras y soltando en las calles gringos mestizados de afán, consumidores de whiskey, coca y putas silvestres.

Las nuevas instalaciones, según lo reveló la revista colombiana Cambio, son las cinco principales bases de la Fuerza Aérea y la Armada en el país: Apiay, Malambo, Palanquero, Cartagena y Bahía de Málaga. Estas bases harían parte, abiertamente, de la nueva “arquitectura del teatro”, como llama el Comando Sur a la extensa red de facilidades y funciones militares en América Latina y el Caribe, y, de seguro, estos engendros se parecerán más al ambiguo nombre inventado hace unos años por el mismo Comando, las llamadas “localidades de seguridad cooperativa”, CSL (por sus siglas en inglés). Un mecanismo más acorde con los tiempos y los designios actuales, más ágiles, expansivos y peligrosos, de fiera espantada a punta de palos y de los procesos liberadores del vecindario.

Colombia, pues, es el lugar perfecto, geopolíticamente estratégico, con dos mares, cinco fronteras y un presidente vil y servil, un simple mozalbete de espuelas, que los propios gringos ni siquiera tienen que arriar, sino atajarlo. Como cuando pidió a los Estados Unidos, durante la reunión de Davos de enero de 2003, la invasión de la zona del Amazonas, para rematar la lucha contra la guerrilla, y que llegó a impulsar la idea de una "fuerza de paz americana", para que interviniera militarmente en Colombia. Un aliado al que se tiene por el mango.

Un gobierno que se salta las talanqueras legales internas, a espaldas de una Comisión Asesora ornamental, un Congreso propicio, aunque con voces lúcidas e incómodas, unos medios de comunicación que hacen de parlantes de sus frases y comunicados, aunque también con algunas voces claras y chocantes, y un país entero, según sus propias encuestas, inconsecuente y obsecuente.

Un presidente, eso sí, definido y decisivo, que reclamará como un acto más de soberanía la presencia en el país de los estadounidense, sus radares, sus buques, sus aviones y portaviones, por cuanto nos facilitará pelarle los dientes al vecino que sea. Y que reivindicará el acto a través de algún raciocinio para enmarcar: “En las bases de los Estados Unidos instaladas en nuestro territorio, obligamos a los estadounidenses a hacer lo que les venga en gana, dentro o todo el país alrededor de ellas, y nos damos el lujo de ignorar lo que hacen, y, de saberlo, nos permitimos la gracia de que no nos importe.” Queridos compatriotas, ¿qué más queréis?